Soy un clarinete. Aunque de madera de ébano de la remota sabana africana, un clarinete común, de color negro. Negro de luto, de tristeza, de abandono. ¿Saben cuando uno va a dormir y siente un vacío en el pecho? No tengo pecho, pero lo siento. Me siento vacío de música, de aire. Me siento mal porque aquel que me adquirió hace tantos años ya no me quiere tanto. Me quiere, sí, me toca, me besa, me llena de saliva; pero no es como antes. Se terminó la pasión adolescente de las tardes de ensayo, se terminaron los viajes por Europa con aquella orquesta moderna.
Se terminó. Él dice que no le aseguro ningún futuro cierto. Que sí, que tal vez algún día me sacará de mi cálido estuche para volver a los escenarios. Si me hubiera cambiado por un bandoneón… ¡Qué lindo instrumento! Pero no, le ha dado la mayor parte de su amor a una cosa que se llama periodismo; que nombre monótono, rutinario y triste. Sí, definitivamente el amor es ciego. Y un poco interesado.
Aleix Duran Ayxendri
jueves, 11 de marzo de 2010
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