lunes, 29 de marzo de 2010

Crimen, castigo y “Nunca más”

El 24 de marzo no es una fecha más para los argentinos. Se conmemora el día en que un movimiento cívico-militar usurpó el Estado, iniciando así la etapa más negra de nuestra historia. Plaza de Mayo es el escenario elegido todos los años para que agrupaciones de diversos partidos políticos y otros ciudadanos se congreguen a repudiar el golpe de Estado de 1976.
Treinta y cuatro años atrás, estas calles se veían colmadas de militares con metralletas y tanques. Hoy, Avenida de Mayo se ve alfombrada por volantes y propaganda de repudio. La censura, el Falcón verde y el terror infundado por Videla y su banda de cobardes eran, por esos días, el denominador común. Hoy, el ciudadano argentino recuerda tristemente que treinta mil personas desaparecieron durante el Proceso y pide justicia en nombre de las víctimas. Inunda de banderas y pancartas las calles del Microcentro en un feriado atípico. Los grafittis serán mañana un dolor de cabeza para los dueños de los negocios. Pequeño precio a pagar para que “Nunca Más” se repita aquel nefasto capítulo.
No hay trajes ni desfile de taxis y colectivos, no hay aglomeraciones en los subtes y paradas de micros, no hay mesas de bares repletas de extranjeros, no hay flashes ni cámaras de video filmando la entrada del Café Tortoni o la Casa Rosada. No hay calle Florida en la que no entre ni un alfiler. Solo hay argentinos caminando hacia la Plaza. 40.000 personas se dan al encuentro solidario en ella, no importa la ideología ni su bandera política, comparten el dolor del pasado, y lo reflejan en sus rostros.
No faltan agrupaciones como las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo (lideradas por Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto) y grupos oficialistas, que se hacen presentes para vitorear el nombre de Cristina Fernández de Kirchner. También acuden a la cita grupos de izquierda anti-kirchneristas como la organización Encuentro Memoria Verdad y Justicia o el Movimiento Socialista de los Trabajadores.
No faltan los oportunistas, como Matías, que vende remeras a diez pesos con la inscripción “Ni olvido, ni perdón” en la boca de subte de la estación Piedras de la línea A. “Algunos pesos sacó con esto”, piensa. “Nací en el 85, no la sufrí, pero mis viejos sí. Nosotros, los jóvenes, tenemos que tener memoria porque mis viejos o mis abuelos no van a estar mañana para recordarme las atrocidades que hicieron”, agrega.
Como Matías, miles de personas subieron al subte, al colectivo o a sus autos para llegar a tiempo. Nadie quiso perderse la reunión, para demandar verdad y justicia, para reclamar que los culpables sean condenados, para que la tragedia y los crímenes de lesa humanidad no vuelvan a repetirse jamás.

Carlos Martínez

viernes, 26 de marzo de 2010

Derrota

Se va calzando sus guantes de box y tira su visera en la mochila. Mira con ojos amenazantes a su rival. Suena el gong y da unos pocos pasos para estudiarlo. Recuerda los consejos de su coach como un libro abierto: “Jab y gancho directo a los intestinos”.
Son tres minutos que se perpetúan, tiene todo calculado, hasta ya piensa en el antidoping posterior, reza que dé negativo, obvio, para poder ir a festejar.
El libro se cierra súbitamente con un uppercut al grueso de su maxilar inferior que lo desploma a la lona. Eran tres minutos pero fueron sólo diez segundos de locura.
La derrota lo alcanzó una vez más. A volver al gym, a saltar la cuerda y a pegarle a la bolsa.

Carlos Martínez

jueves, 25 de marzo de 2010

Calma interrumpida

Cientos de estudiantes hemos tomado la calle. No se trata de ninguna protesta, es la hora del recreo. La UCES – Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales- cuenta con distintas sedes ubicadas en calle Paraguay. A falta de un espacio propio donde agolparnos durante el recreo, los estudiantes nos reunimos en coro ocupando ambas veredas, que durante treinta minutos se reinventan como lugar de encuentro. Salimos del centro para tomar el aire, relajarnos y aislarnos unos minutos de las exigencias lectivas. Allí me topo con Javier, estudiante de periodismo y fiel compañero de fatigas, quien me cuenta la última del día. Mientras mi oído presta atención a sus palabras, mis ojos se desvían a observar los múltiples quehaceres de los estudiantes. Unos inhalan enérgicamente el humo del cigarrillo saciando por unos minutos sus ansias de nicotina; otros se escapan al quiosco de la esquina a comprar el café consabido que les permitirá reanudar las clases con más optimismo si cabe; otros aprovechan para acercarse a la fotocopiadora para adquirir el dosier de tal o cual materia; otros charlan animadamente mientras sus palabras se hacen casi ininteligibles con el ruido de los autos y los colectivos que circulan atropelladamente. De repente, una mujer llama mi atención. Avanza con paso dubitativo. Algo le ronda por la cabeza y creo saber qué es. Ante sí se ha levantado un muro humano que le obstaculiza el paso. Duda si bajar la acera y pasar al otro lado de la calle pero el tráfico es denso y no encuentra el momento de cruzar. Su rostro refleja enojo y frustración. No le queda otra que adentrarse entre la muchedumbre. Ahí va. Finalmente consigue abrirse paso a empujones. Mientras mi compañero sigue contándome la anécdota del día, me doy cuenta que ganamos la calle y la hicimos nuestra. Los transeúntes van a tener que armarse de paciencia y acabar quizá pidiendo perdón por andar por la misma vereda.

Judith Torras

De aguas y folklores

Agua, maldita agua que se filtra por cualquier recoveco y enchastra y moja –claro- absolutamente todo. Así como en la Bombonera, el domingo pasado, cuando los locales y los de River intentaron jugar a algo parecido al fútbol. No pudieron, no estaban las condiciones dadas. El agua, la maldita agua no drenó. Lógico: la cantidad de papelitos, serpentinas y otros chiches lo impidieron. Es parte del fervor, parte de lo que conocemos como folklore, el a veces absurdo folklore que hasta puede matar –y que lo cuente, sino, Roberto Basile, aquel malogrado hincha de Racing, portador del cuello que encontró la bengala perdida, una tarde de 1983, en la cancha de Boca, casualmente-. Ese folklore que no estuvo tan presente en la segunda fecha, en la Bombonera, también, cuando el xeneize jugó contra Lanús. Sin embargo sí estuvo la maldita agua -ese día llovió como nunca-, pero pudo fluir, al menos, y la pelota, como pudo, rodó.

Estamos acostumbrados al folklore, “así es el folklore del fútbol”, justificamos; entonces mejor agarrémonos con el agua, la maldita e incontrolable agua que nos arruinó el último domingo estival y el más emocionante e importante partido del fútbol argentino, postergándolo hasta hoy, un triste jueves con horario de oficina. Para esta tarde no hay pronósticos de tormentas, pero sí de locales, visitantes o empates. Y también habrá agua, maldita agua, cayendo de los ojos de los hinchas de Boca y River, ya sea por no poder disfrutar in situ de lo que conocemos como Superclásico, o por emocionarse con los goles, o indignarse con los siempre injustos fallos arbitrales. Esto también es folklore, pero con eso, mejor no meterse.

Ezequiel Ruiz

Memoria en contra del olvido


“El engaño y la complicidad de los genocidas que están sueltos, el indulto y el punto final a las bestias de aquel infierno, la pobre inocencia de la gente y los años sin voz”. Según León Gieco, “todo está guardado en la memoria”, pero hay que sumarle al canto un nuevo lugar: la sala 13 del Centro Cultural de Recoleta.

A medida que se flota por los pasillos de este establecimiento, casi percibiendo el final del camino, una reseña atrapa la atención: “Luchando juntos encontraremos la verdad”. Eso es todo; la señal escueta para que los pies cobren vida y recorran el camino hacia el pasado o mejor dicho, “un pasado”. Aquel que Enrique Rodríguez Larreta, un ciudadano uruguayo víctima de secuestro y torturas del ‘76, reconstruyó con esmero, sudor y lágrimas con un objetivo: ponerle candando a otro capítulo de la historia argentina, el caso “Orletti”.
Una cortina de tela corroída sirve como máquina del tiempo. El 19 de marzo de 2010 deja de existir. El público es arrastrado a una época oscura del país; deja de ser un simple espectador para calzarse el traje de víctima. Se encuentra en un gran salón de 6 u 8 metros por 30 de largo. Las paredes húmedas y enmohecidas reflejan las arrugas típicas de los años, el suelo está de luto, en el centro permanece erguido un tanque de agua testigo de atrocidades, y hacia el fondo se alza la escalera de concreto con destino a la muerte. El ensordecedor chillido de una cortina metálica que no deja de abrirse y cerrarse interrumpe cualquier pensamiento. Bienvenidos al taller mecánico “Automotores Orletti”, el infierno de Floresta; la capital de asesinatos y secuestros consumados por las fuerzas conjuntas argentinas y uruguayas, en el marco del Plan Cóndor.
Los escombros del desdichado pasado pesan. Por eso, los ojos se pierden por la habitación a la velocidad de la luz, buscando cualquier vía de escape. Afortunadamente, en el piso, unas cintas rojas que simulan la sangre de los caídos conducen a otro misterioso sitio. Al principio, el intermitente brillo confunde la vista. Pero luego, el paisaje se despeja. De cuatro paredes blancas como la nieve, cuelgan largas listas de desaparecidos, recortes periodísticos que lograron pasar el tamiz de la censura o se dejaron pasar como mensajeros del terror, un testimonio escrito sobre la violación de los derechos humanos que eriza hasta la piel del más indiferente, cartas que hablan por sí solas, planos que reviven cada rincón del taller mecánico. Si se deja perder en el silencio, un murmullo se escuchará. Proviene de una radio. Es el comunicado Nº 21 leído por el oficial de inteligencia del Ejército, José Nino Gavazzo.
El suelo tiembla, el escenario cambia. Última parada: el juicio. “Se llama al estrado al señor Enrique Rodríguez Larreta”. Se lo citó para declarar como testigo ante la justicia uruguaya, sobre la responsabilidad de los militares en los actos criminales que tuvieron lugar en Argentina. El proceso todavía está abierto; pero el viaje termina… por ahora.
De lunes a viernes de 14 a 21, y los sábados, domingos y feriados de 10 a 21; una grieta se abre rumbo a 1976. Es una invitación sin costo que caduca el 11 de abril, y devela la aventura de un padre en busca de la libertad de su hijo secuestrado; un acto impulsado por el sentido de justicia y el coraje ciudadano, que señala la crisis de una sociedad y una cultura fusilada por la violencia.

Daiana D. Mediña

jueves, 18 de marzo de 2010

Contrastes

18 de marzo. 9.20 AM. Disipada la niebla matutina, la humedad -que mata- ocupó el mismo aire que un puñado de estudiantes y gremialistas de SADOP, quienes se manifestaban en contra de la remoción de la docente Diana Lacal, cargo que perdió por decisión de las autoridades de UCES.

La consigna “UCES no uses a tus profesores”, escupida una y otra vez por un par de bafles montados en una camioneta blanca, se apoyaba sobre un playlist a “puro rock nacional”. Casualmente, eran las mismas canciones que se escucharon en el acto organizado por el PRO, el día en que Mauricio Macri ganó la Ciudad de Buenos Aires.

Volantes, pecheras partidarias y hasta patrulleros, se hicieron presentes en las cuatro esquinas de Uruguay y Paraguay: la misma parafernalia que le da color a cualquier manifestación, nada más que esta, a diferencia de otras, tuvo difusión casi exclusivamente por Facebook. Desde ese frívolo cyberespacio, se hizo la convocatoria a esta marcha, que en contraposición a la realizada ayer por los estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales -en apoyo a sus docentes-, no cortó ninguna calle ni alzó pancarta alguna.

Ezequiel Ruiz

jueves, 11 de marzo de 2010

SOY UN CLARINETE

Soy un clarinete. Aunque de madera de ébano de la remota sabana africana, un clarinete común, de color negro. Negro de luto, de tristeza, de abandono. ¿Saben cuando uno va a dormir y siente un vacío en el pecho? No tengo pecho, pero lo siento. Me siento vacío de música, de aire. Me siento mal porque aquel que me adquirió hace tantos años ya no me quiere tanto. Me quiere, sí, me toca, me besa, me llena de saliva; pero no es como antes. Se terminó la pasión adolescente de las tardes de ensayo, se terminaron los viajes por Europa con aquella orquesta moderna.

Se terminó. Él dice que no le aseguro ningún futuro cierto. Que sí, que tal vez algún día me sacará de mi cálido estuche para volver a los escenarios. Si me hubiera cambiado por un bandoneón… ¡Qué lindo instrumento! Pero no, le ha dado la mayor parte de su amor a una cosa que se llama periodismo; que nombre monótono, rutinario y triste. Sí, definitivamente el amor es ciego. Y un poco interesado.


Aleix Duran Ayxendri

A FALTA DE MÚSICA, BUENO ES EL PERIODISMO

La casualidad, el desinterés por las ciencias exactas y la dificultad de prosperar en el ámbito musical llevan a Aleix Duran al oficio periodístico.


Aleix Duran, clarinetista de profesión, está plenamente sumergido, a día de hoy, en el ejercicio de la actividad periodística. “No sabía que hacer con mi vida, tenía que decidir rápido y en estos momentos la música no da de comer”, explica este catalán de 21 años que, gracias a la casualidad, la incertidumbre y la presión, ha encontrado en el periodismo una nueva luz en su vida, un nuevo camino profesional que, según contó a este periódico, le apasiona.


Y es que este hecho supone un gran cambio para la vida del músico, que ha tenido que abandonar a Mozart, Stravinsky y Benny Goodman por figuras como Kapuscinsky o Eduardo Galeano, y eso sin mencionar la difícil y pesada tarea de estar al día. “Hasta ahora poco me importaba la realidad, mi mayor preocupación era la interpretación de las partituras y tocar afinado”.


Aunque tratándose de dos mundos aparentemente distintos, la humanidad, el sentimiento y la sinceridad son factores artísticos que Aleix intenta trasladar ahora al ejercicio periodístico. Dos oficios diferentes, un común denominador: transmitir.


Aleix Duran Ayxendri

11 de marzo de 2010